Resurrección

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Natalia Ivánovna permanecía enfrente del vagón con su sombrero moderno y su capa, al lado de Agrafena Petrovna. Buscaba por lo visto un tema de conversación que no encontraba. No se podía decir ni siquiera ecrivez!,[99] porque hacía ya mucho tiempo que con su hermano se burlaban de esa palabra habitual, que se dice a los que se marchan. La breve conversación sobre asuntos financieros y sobre la herencia había destruido la tierna relación fraternal establecida entre ellos. Ahora se sentían extraños el uno al otro. Así que Natalia Ivánovna se alegró cuando el tren se puso en marcha y sólo pudo decir, moviendo la cabeza, con expresión triste y cariñosa en la cara: «¡Adiós, adiós, Dimitri!». Pero tan pronto como se alejó el tren, pensó cómo iba a transmitir a su marido la conversación con su hermano, y su rostro se tornó severo y preocupado.

Y a Nejliúdov, a pesar de que no tenía hacia su hermana más que los mejores sentimientos y no le ocultaba nada, ahora su presencia le resultaba molesta, se sentía incómodo y deseaba librarse de ella lo antes posible. Se daba cuenta de que ya no existía aquella Natasha a la que estaba tan unido, y que sólo era la esclava de un marido de pelo negro, extraño y antipático. Se dio cuenta claramente de que su rostro se iluminó animándose sólo cuando habló de aquello que interesaba a su marido, del reparto de tierras a los campesinos, de la herencia. Y esto le entristeció.


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