Resurrección
Resurrección El calor era tan sofocante en el vagón de tercera clase, recalentado todo el día por el sol y repleto de gente, que Nejliúdov no entró y se quedó en la plataforma. Pero tampoco aquí era posible encontrar aire, y Nejliúdov pudo respirar a pleno pulmón sólo cuando los vagones dejaron atrás las casas, y empezó a soplar el viento. «Sí, los han matado», se repitió las palabras que había dicho a su hermana. Entre todas las impresiones experimentadas aquel día surgió con extraordinaria viveza el rostro encantador del segundo preso muerto, la sonriente expresión de sus labios, la gravedad de su frente y la pequeña oreja que dejaba descubierta la nuca afeitada y azulada. «Lo peor de todo es que le han matado y nadie sabe que le han matado. Pero lo han hecho. Lo han conducido como a todos los presos por orden de Máslennikov. Sin duda, Máslennikov dio la orden, según costumbre, habrá firmado con su estúpida rúbrica en un papel con membrete y, claro está, no se considerará de ningún modo culpable. Todavía menos culpable puede considerarse el médico de la prisión, que había reconocido a los presos. Cumplió ordenadamente su deber, separar a los enfermos. No podía prever en modo alguno ni ese calor horroroso, ni que los iban a llevar tan tarde, ni en una columna tan apretada. ¿El director?… Pero el director no hizo más que cumplir lo ordenado: en tal día expedir tantos condenados a trabajos forzados, tantos deportados, hombres y mujeres. Tampoco podía ser culpable el jefe de la escolta, cuya obligación consistía en hacerse cargo de un determinado número de presos y entregar en el destino el mismo número. Conducía la columna como se hace habitualmente y como es debido, y no podía prever de ninguna formar que hombres tan fuertes como aquellos dos que había visto Nejliúdov no resistieran y fueran a morirse. Nadie era culpable, pero de todos modos esos hombres habían muerto por culpa de esos “inocentes” de su muerte.