Resurrección

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«Esto consiste en que reconocen como ley lo que no lo es, y, en cambio, no reconocen como ley la que es eterna, inmutable y urgente, escrita por Dios mismo en el corazón de los hombres. Por eso me encuentro tan a disgusto con esos hombres —pensaba Nejliúdov—. Sencillamente, los temo. Y, en efecto, esa gente es temible. Más terrible que los bandidos. El bandido, a pesar de todo, es capaz de sentir piedad; ellos, ni pueden sentirla: están asegurados contra la lástima, lo mismo que esas piedras contra la vegetación. Dicen que los Pugachov[100] y los Razin[101] son terribles. Éstos lo son mil veces más —continuaba pensando—. Si se plantea el problema psicológico siguiente: ¿Cómo hacer para que las gentes de nuestro tiempo, cristianos, humanitarios, hombres sencillamente buenos, cometan las mayores atrocidades sin sentirse culpables?, existe una sola solución: es preciso para que esto suceda que los hombres sean gobernadores, directores, oficiales, policías, es decir, que en primer lugar estén seguros de que existe un trabajo llamado servicio del Estado, en el cual pueden tratar a personas como si fueren objetos, sin ningún sentimiento humano ni fraternal; en segundo lugar, que esos mismos al servicio del Estado estén tan unidos que las consecuencias de la responsabilidad de sus actos no recaiga en ninguno individualmente. Sin estas circunstancias no es posible que en nuestra época se cometan crueldades como las que he visto hoy. Todo estriba en que los hombres creen que hay situaciones en que se puede tratar a los hombres sin amor, y tales situaciones no existen. A las cosas se las puede tratar sin amor: se puede talar árboles, fabricar ladrillos, forjar el hierro sin amor; pero con los hombres no puede hacerse, lo mismo que no se puede tratar a las abejas sin precaución. Así es la característica de las abejas. Si no se las trata como se debe, se las perjudica a ellas y a uno mismo. Igual sucede con los hombres. Y no puede ser de otra forma porque el amor entre ellos es la ley básica. Cierto que el hombre no puede obligarse a amar como a trabajar, pero eso no es un motivo para tratar a la gente sin amor, sobre todo si se exige algo de ella. Si no amas a los hombres, permanece quieto —pensaba Nejliúdov, hablándose a sí mismo—, ocúpate de ti, de tus cosas, de lo que quieras, pero no de los hombres. Lo mismo que se puede comer sin perjuicio y con provecho sólo cuando se tiene apetito, así se puede tratar a los hombres con provecho únicamente cuando se siente amor hacia ellos. Si uno se permite tratar a los demás sin amor, como yo lo hice ayer con mi cuñado, si no existen límites de crueldad ni salvajismos con respecto a otros hombres, como lo he visto hoy, ni tampoco hay límites de sufrimiento para uno mismo, como he comprendido en el transcurso de toda mi vida… Sí, sí, así es. Esto está bien» —se repetía experimentando un doble placer: el fresco después del calor agobiante y la conciencia de haber encontrado una solución evidente a un problema planteado desde hacía mucho tiempo.


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