Resurrección

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—Yo, hermano, me retorcía por el dolor de barriga. Se me revolvía todo por dentro, y no podía decir ni una palabra. Mi padrecito enganchó el carro, subió a Fedosia, la llevó a la comisaría y desde allí a casa del juez. Y ella, hermano, desde el primer momento lo confesó todo. Dónde cogió el arsénico y cómo hizo las tortas. «¿Por qué lo has hecho?», le preguntaron. «Pues porque —dijo— le odio. Prefiero ir a Siberia antes que vivir con él», es decir, conmigo —aclaró Tarás, sonriendo—. Así que confesó todo. Naturalmente, la llevaron a la cárcel. Mi padrecito regresó solo. Se acercaba la época de las faenas y no teníamos en casa más mujer que mi madre, que ya no está muy fuerte. Entonces pensamos si no se podía pagar una fianza para que saliera en libertad provisional. Mi padre fue a ver a un jefe, pero no resultó nada, y fue a ver a otro. Visitó a cinco. Ya no había por qué hacer gestiones. De pronto tropezamos con un empleado del Juzgado. Un vivales de los que se encuentran pocos. «Dame cinco rublos —dijo—, y la sacaré.» Nos pusimos de acuerdo en tres. ¿Y qué quieres, hermano? Coloqué sus telas y le pagué. Tan pronto como escribió ese papel —Tarás estiró la voz como si hablase de un disparo—, salió. En aquellos días yo ya me había levantado y fui a buscarla a la ciudad. Llegué allí, hermano, dejé la yegua en el patio de la posada y fui a la cárcel. «¿Qué quieres?» «Esto y lo otro —expliqué—. Vengo a buscar a mi dueña que la tienen aquí encerrada.» «¿Tienes algún papel?», me preguntó. En el acto le enseñé el papel. Lo miró. «Espera», me dijo. Me senté en un banco. El sol ya empezaba a ponerse. Salió el jefe: «¿Tú eres Vargushov?». «El mismo.» «Bueno, ahora saldrá», me dijo. En ese instante se abrió la puerta. La trajeron vestida con su ropa, como siempre. «Bueno, vámonos.» «¿Has venido a pie?», preguntó. «No, he traído la yegua.» Llegamos a la posada, pagué, enganché la yegua y recogí la paja que sobraba. Montó en el carro arrebujada en su manto y nos pusimos en camino. Ella callaba y yo también. Cuando empezamos a acercarnos a la casa, se puso a hablar: «¿Está viva la madrecita?». Yo le dije: «Está viva». «¿Y el padrecito, está vivo?» «Está vivo.» «Perdóname, Tarás —dijo—, por mi tontería. No supe lo que hacía.» Y yo le dije: «No hay que hablar más, hace mucho que te he perdonado». Y no hablé más. En cuanto llegamos a casa, se tiró a los pies de mi madre. Mi madre le dijo: «Dios te perdonará». Mi padre la saludó y dijo: «¿A qué recordar lo pasado? Pórtate lo mejor que puedas. Ahora —dijo— las cosas han cambiado, hay mucha faena en el campo. Hay que segar, atar las gavillas, y Dios ha querido que volvieras. Mañana te irás al campo con Tarás». Y desde entonces, hermano, se puso a trabajar. Trabajaba de un modo asombroso. Teníamos entonces tres desiátinas de tierra arrendadas y Dios quiso que la avena y el centeno se dieran muy bien. Yo segaba y ella ataba las gavillas. Soy hábil para el trabajo, no se me caen las cosas de las manos, y ella era más hábil todavía, cualquiera que fuese el trabajo que emprendiera. Es una mujer fuerte y joven. Trabajaba con tal arranque que hasta yo me quedaba a la zaga. Cuando volvíamos a casa, teníamos las manos abotagadas, los dedos hinchados, y nos venía bien descansar un poco, pues nada, ella se iba corriendo a la cuadra a preparar las cosas para el día siguiente. ¡Menudo cambio!


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