Resurrección
Resurrección —Y qué, ¿se volvió cariñosa contigo? —preguntó el jardinero.
—Se acostumbró tanto a mÃ, que éramos como una sola alma. Cualquier cosa que yo pensaba ella la comprendÃa. Hasta mi madrecita, que habÃa estado enfadada, no podÃa por menos que decir: «A nuestra Fedosia parece que la han cambiado completamente, se ha convertido en una mujer totalmente distinta». Una vez fuimos a buscar las gavillas los dos solos, nos sentamos un momento y le dije: «¿Cómo se te ocurrió hacer aquello, Fedosia?». «Lo pensé porque no querÃa vivir contigo. Mejor, pensé, me moriré. Pero no estaré con él.» «Bueno, ¿y ahora?», le pregunté. «Ahora —dijo— te llevo dentro del corazón.» —Tarás guardó silencio, sonrió alegremente y movió la cabeza perplejo—. Tan pronto como volvimos del campo, llevé a remojar el cáñamo, y al regresar a casa —continuó después de un corto silencio— nos encontramos la citación del Juzgado. Se nos habÃa olvidado que la iban a juzgar.
—Eso es cosa del diablo —comentó el jardinero—. ¿Acaso es posible que un hombre quiera perder su alma? En mi pueblo hubo un hombre que… —y el jardinero se puso a contar, pero el tren empezaba a pararse.
—¡Vaya! ¡Una estación! Habrá que bajar a echar un trago.
La conversación acabó y Nejliúdov bajó detrás del jardinero a las tablas mojadas del andén.