Resurrección

Resurrección

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Al cabo de dos meses de marchar por etapas, la transformación operada se reflejó también en su exterior. Había adelgazado, se había curtido y parecía haber envejecido; en las sienes y en torno a la boca tenía arrugas. No se dejaba el pelo suelto en la frente y se ataba un pañuelo a la cabeza; ni en la indumentaria, ni en el peinado, ni en la actitud quedaban rasgos de su coquetería de antes. Esta transformación operada en ella no dejaba de provocar en Nejliúdov un sentimiento especial de alegría.

Ahora experimentaba hacia Katiusha algo que no había sentido jamás. No tenía nada que ver ni con el primer entusiasmo poético ni menos todavía con aquel enamoramiento sensual que tuvo luego, ni siquiera con la sensación de haber cumplido con su deber unido a su amor propio, con el que después del juicio decidió casarse con ella. El sentimiento de ahora era de piedad y enternecimiento, como el que sintió en la primera entrevista en la prisión, y después, con nuevas fuerzas, a continuación de lo de la enfermería, cuando venció su repulsión y la perdonó, por aquella supuesta aventura del practicante —injusticia que se aclaró después—. Aunque era el mismo sentimiento, el de entonces era pasajero y el de ahora se había convertido en constante. Cualquier cosa que hiciese ahora, que pensara, estaba siempre dominada por ese sentimiento de piedad y ternura no sólo hacia ella, sino hacia toda la gente.


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