Resurrección

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La dueña de la posada ofreció a Nejliúdov un coche para llegar al sitio donde estaba la columna, que se encontraba al otro extremo de la aldea, pero Nejliúdov prefirió ir andando. Un buen mozo, de anchos hombros, un trabajador con enormes botas recién untadas de alquitrán, se brindó a acompañarle. La niebla descendía tan espesa y era tal la oscuridad, que en cuanto el mozo se adelantaba tres pasos en los lugares donde no salía la luz de las ventanas, Nejliúdov ya no le veía, y oía únicamente el chapoteo de sus botas en el barro, pegajoso y espeso. Al atravesar la plaza con una iglesia y una calle larga con casas muy iluminadas, salieron a las afueras de la aldea donde la oscuridad era completa. Pero pronto empezaron a distinguir los faroles que ardían cerca de donde se alojaba la columna. Las manchas rojizas de las llamas se hacían cada vez mayores y más claras; empezaron a distinguirse las estacas de las vallas del recinto, la negra silueta del centinela que se movía, un poste pintado a rayas y la garita. El centinela lanzó el consabido grito de «¡Alto! ¿Quién vive?». Al enterarse de que era gente extraña, se mostró tan severo que no quería permitirles que se acercaran a la valla. Pero el acompañante de Nejliúdov no se inmutó por la severidad del centinela.

—¡Eh, hombre, qué enfadado estás! —le gritó—. Anda, llama a tu superior y nosotros esperamos aquí.


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