Resurrección

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El centinela no contestó nada, y lanzó un grito al otro lado de la verja. Se detuvo mirando fijamente cómo el mozo de hombros anchos quitaba el barro de las botas de Nejliúdov con una astilla, a la luz del farol. Del otro lado de la valla llegaba el ruido de voces de hombres y mujeres. Al cabo de unos tres minutos chirrió la verja, se abrió la puerta y de la oscuridad salió a la luz del farol un sargento. Llevaba una capa echada por los hombros, y preguntó qué quería. Nejliúdov le entregó su tarjeta, que tenía preparada, y una nota en la que pedía se le recibiese para un asunto personal. Y rogó que se lo entregara al oficial. El sargento era menos severo que el centinela pero, sin embargo, muy curioso. Quiso saber a toda costa para qué quería Nejliúdov ver al oficial y quién era, presintiendo, sin duda, una recompensa y no queriendo perderla. Nejliúdov dijo que se trataba de un asunto privado, que sabría agradecerlo, y que le pasara la nota. El sargento cogió la nota, movió la cabeza y se fue. Minutos después de marcharse volvió a sonar la puerta de la verja, y empezaron a salir mujeres con cestas, pucheros y sacos. Hablaban con voz alta en dialecto siberiano, caminando al lado de la verja. No iban vestidas como aldeanas, sino a la moda de la ciudad, con abrigos y pellizas. Llevaban las faldas recogidas y pañuelos en la cabeza. Miraban con curiosidad a la luz del farol a Nejliúdov y a su acompañante. Una de ellas, que por lo visto se había alegrado de encontrar al mozo de los hombros anchos, inmediatamente le regañó cariñosamente con su jerga siberiana.


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