Resurrección
Resurrección —Tú, bribón, ¿qué haces aqu� —le preguntó.
—Mira, he venido a acompañar a un forastero —respondió el muchacho—. Y tú, ¿qué has traÃdo?
—Requesón, y me han mandado que vuelva por la mañana.
—¿Y no te quedas a dormir? —preguntó el mozo.
—¡Asà te parta un rayo, condenado! —gritó riéndose—. Vente hasta la aldea con nosotras, acompáñanos.
El muchacho dijo todavÃa algo tan divertido que se echaron a reÃr las mujeres e incluso el centinela. Luego preguntó a Nejliúdov.
—¿Qué, sabrá volver solo? ¿No se perderá?
—Sabré, claro que sabré.
—Cuando pase la iglesia y la casa de dos pisos, es la segunda a la derecha. Y tenga, quédese con el cayado —exclamó, entregándole a Nejliúdov una vara tan larga que le superaba en altura, con la que habÃa venido. Y chapoteando con sus enormes botas, se perdió en la oscuridad con las mujeres.
Su voz, interrumpida por las de las mujeres, se oÃa desde la niebla. Chirrió otra vez la puerta y salió el sargento, invitando a Nejliúdov a que le siguiera al cuarto del oficial.