Resurrección

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Al entrar ahora en el zaguán, donde había un enorme cubo maloliente, lo que se llama «bacinilla», lo primero que vio Nejliúdov fue una mujer sentada en el borde del gran cubo. Frente a ella permanecía un hombre con la cabeza afeitada y una gorra de plato inclinada a un lado. Hablaban de algo. El preso, al ver a Nejliúdov, guiñó un ojo, y dijo:

—Ni el zar puede aguantar sin hacer sus necesidades.

La mujer bajó las faldas del guardapolvo y agachó la cabeza.

Del zaguán salieron a un pasillo al que daban las puertas de las salas. La primera sala era de los casados, luego una gran sala de solteros y al final del pasillo, dos salas pequeñas dispuestas para los políticos. El local destinado para albergar ciento cincuenta personas contenía cuatrocientas cincuenta tan hacinadas que no cabían en las salas y los presos se instalaban en el pasillo. Unos sentados o tumbados en el suelo; otros, iban de aquí para allá con teteras vacías o llenas de agua hirviendo. Entre éstos se encontraba Tarás. Alcanzó a Nejliúdov y le saludó cariñosamente. La cara bondadosa de Tarás estaba desfigurada por un cardenal en la nariz y otro bajo el ojo izquierdo.

—¿Qué le ha pasado? —preguntó Nejliúdov.

—He tenido que arreglar un asunto —respondió Tarás, sonriendo.


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