Resurrección
Resurrección —¿Está limpiando la estancia? —preguntó Nejliúdov, estrechándole la mano.
—SÃ, es mi antiguo oficio —contestó con una sonrisa—. Hay tanta suciedad que no se lo puede imaginar. Estamos todo el tiempo limpiando y limpiando. ¿Qué, se ha secado la manta? —preguntó volviéndose a Simonson.
—Casi —contestó Simonson, mirándola con una expresión tan especial que le sorprendió a Nejliúdov.
—Bueno, ahora vendré a buscarla y traeré las pellizas para secarlas. Todas las nuestras están aquà —dijo a Nejliúdov, indicándole la primera sala y marchándose a la otra.
Nejliúdov abrió la puerta y entró en una pequeña sala, débilmente iluminada por una pequeña lámpara metálica, colocada sobre un catre bajo. En la sala hacÃa frÃo y olÃa a polvo, humedad y tabaco. La lámpara metálica iluminaba intensamente a los que estaban alrededor de ella, pero los catres estaban en la oscuridad y por las paredes se movÃan unas sombras vacilantes.