Resurrección

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En la pequeña sala estaban todos, excepto dos hombres, los encargados del avituallamiento, que habían ido en busca de agua hirviendo y provisiones. Aquí estaba la antigua conocida de Nejliúdov, más delgada y más amarillenta, Vera Efrémova, con sus enormes ojos asustados y su vena abultada en la frente, con una blusa gris y el pelo corto sentada ante un papel de periódico sobre el cual tenía esparcido tabaco y con movimientos bruscos lo iba metiendo en las boquillas.

También estaba aquí Emilia Rántseva, una de las detenidas políticas que le resultaba más simpática y que, en las condiciones más penosas, sabía dar a la sala un ambiente familiar y acogedor. Estaba sentada junto al catre de la lámpara, remangada hasta el codo y dejando descubiertos sus hermosos brazos curtidos por el sol; secaba y colocaba las tazas sobre una toalla colocada en el catre. Rántseva era una mujer joven y fea, pero de cara dulce e inteligente, que tenía la propiedad de tornarse súbitamente alegre, animada y atractiva. Con una de esas sonrisas recibió ahora a Nejliúdov.

—Creíamos que se había usted marchado a Rusia para siempre —exclamó.

A poca distancia, en la oscuridad, se distinguía la silueta de María Pávlovna afanada con una chiquilla rubia, quien no dejaba de parlotear con su media lengua infantil.


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