Resurrección
Resurrección —¡Qué bien que haya venido usted! ¿Ha visto a Katia? —preguntó a Nejliúdov—. Y nosotros, mire qué huéspedes tenemos —y señaló a la niña.
También estaba Anatoli Kryltsov, delgado y pálido, con botas de media caña y con las piernas recogidas, en uno de los catres del extremo. Con las manos metidas en las mangas de la pelliza, miraba a Nejliúdov con ojos febriles. Nejliúdov se le quiso acercar, pero en aquel momento vio a un hombre con lentes, cabellos rojizos rizados y chaqueta impermeable, que sacaba cosas de un saco. Hablaba con la bella y sonriente Grabets. Era el célebre revolucionario Novodvorov, y Nejliúdov se apresuró a saludarle. Se dio prisa en hacerlo porque de todos los polÃticos que formaban el grupo era el único que le resultaba antipático. Novodvorov miró con sus ojos azules y brillantes a través de las lentes a Nejliúdov, y le tendió su estrecha mano.
—Bueno, que, ¿está viajando a gusto? —preguntó irónico.
—SÃ, hay muchas cosas interesantes —respondió Nejliúdov, simulando que no se percataba de la ironÃa y lo aceptaba como una frase amable, y se acercó a Kryltsov.