Resurrección

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Había expresado indiferencia exteriormente, pero estaba lejos de sentirla hacia Nejliúdov. Esas palabras de Novodvorov, su evidente deseo de decir y de hacer algo desagradable, echaron a perder la buena disposición de ánimo en que se encontraba. Le invadió la pena y la tristeza.

—¿Qué, cómo va esa salud? —preguntó apretando la mano fría y temblorosa de Kryltsov.

—No estoy mal, pero no puedo entrar en calor, estoy empapado —contestó Kryltsov guardando rápidamente la mano en la manga de la pelliza—. Aquí hace un frío de perros. Están rotas las ventanas —indicó los cristales rotos en dos sitios, tras las rejas de hierro—. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no ha venido?

—No me han dejado. Los jefes eran muy severos. Solamente hoy he encontrado un oficial razonable.

—¡Sí que es razonable! —exclamó Kryltsov—. Pregunte a Masha lo que hizo esta mañana.

María Pávlovna, sin levantarse de su sitio, contó lo que había sucedido por la mañana con la niña, antes de salir la columna.

—A mi juicio es imprescindible elevar una protesta colectiva —exclamó con voz decisiva Vera Efrémova, y al mismo tiempo mirando asustada la cara de unos y otros—. Vladimir lo ha hecho, pero no es bastante.


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