Resurrección

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En lo religioso también era un campesino típico: nunca pensaba en cuestiones metafísicas, en el principio de todos los principios, en la vida eterna. Dios era para él como Arago, una hipótesis de la que hasta entonces no había sentido necesidad. No le importaba en absoluto de qué forma había empezado el mundo, si era según Moisés o según Darwin. Y la teoría de éste, a la que tanta importancia atribuían sus compañeros, era una fantasía de la imaginación lo mismo que la creación del mundo en seis días.

No le preocupaba el problema del origen del mundo, precisamente porque tenía siempre ante sí el problema de cómo se podría vivir mejor en él. Tampoco pensaba nunca en la vida futura, pero en el fondo de su alma tenía el firme convencimiento —heredado de sus antepasados y común a todos los campesinos— de que lo mismo que en el mundo no termina nada animal ni vegetal, sino que se transforma continuamente de una materia en otra: el estiércol en grano, el grano en gallina, el renacuajo en rana, la oruga en mariposa, la bellota en encina, tampoco el hombre perece, sino que únicamente se transforma. Creía en esto y, por consiguiente, miraba la muerte con animación, hasta con alegría, y aguantaba con estoicismo los sufrimientos que conducen a ella, pero no quería ni sabía hablar de eso. Le gustaba trabajar y siempre estaba ocupado con cosas prácticas, y trataba de que sus compañeros hicieran lo mismo.


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