Resurrección

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—Las señoritas me están haciendo un lopot[106] nuevo —dijo la niña señalando el trabajo de Rántseva—. Mira qué bonito, es rojo… —balbuceó la pequeña.

—¿Quieres dormir con nosotras? —preguntó Rántseva, acariciando a la niña.

—Sí, quiero. Y papá también.

Rántseva se iluminó con una sonrisa.

—Papá no puede quedarse aquí —dijo—. Entonces, déjala —añadió volviéndose al padre.

—Si quiere, déjela —dijo el jefe que se había parado en la puerta, y salió junto con el suboficial.

Tan pronto como salieron los dos de la escolta, Nabátov se acercó a Buzovkin y, tocándole en un hombro, dijo:

—Dime, hermano ¿es verdad que Karmánov quiere cambiarse con otro?

El simpático y bondadoso rostro de Buzovkin se volvió triste y se le velaron los ojos.

—No sé nada. No creo —dijo, y sin enjugarse los ojos, añadió—: Bueno, Aksiutka, quédate aquí con las señoritas —y se apresuró a salir.

—Lo sabe todo. Y es verdad que se han cambiado —dijo Nabátov—. ¿Qué va usted a hacer?

—Se lo diré a las autoridades de la ciudad. A los dos les conozco de vista —respondió Nejliúdov.


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