Resurrección

Resurrección

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Todos callaban, temiendo, sin duda, reanudar una discusión.

Simonson permanecía todo el tiempo callado, tumbado en un rincón en el catre, con las manos detrás de la cabeza. Se levantó decidido y, rodeando con cuidado a los que estaban sentados, se acercó a Nejliúdov.

—¿Puede usted escucharme ahora?

—Por supuesto —contestó Nejliúdov, y se levantó para seguirle.

Mirando a Nejliúdov que se había levantado, y al encontrarse con sus ojos, Katiusha enrojeció y movió la cabeza como confusa.

—Lo que tengo que decirle a usted es lo siguiente —empezó Simonson cuando salió con Nejliúdov al corredor. En el corredor se oía el alboroto y el rumor de las voces de los presos comunes. Nejliúdov hizo una mueca, en cambio Simonson no se inmutó por eso—. Conociendo sus relaciones con Katerina Mijáilovna —empezó mirando fijamente a la cara de Nejliúdov con sus ojos bondadosos—, me considero obligado —continuó, pero tuvo que callarse, porque en la misma puerta gritaban dos voces al mismo tiempo, discutiendo sobre algo.

—¡Te estoy diciendo, canalla, que no son mías! —gritaba una voz.

—¡Que revientes, demonio! —bramaba la otra.

En ese momento María Pávlovna salió al corredor.


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