Resurrección

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—¿Acaso se puede hablar aquí? —dijo—. Pasen por aquí, Vera está sola —y pasó delante, a una puerta vecina que daba a una minúscula sala, que habían dejado a disposición de los presos políticos. En un catre estaba acostada Vera Efrémova con la cabeza tapada.

—Tiene jaqueca, está durmiendo y no oye. ¡Y yo me voy!

—Al contrario, quédate —protestó Simonson—, no tengo secretos con nadie, y menos contigo.

—Bueno, está bien —respondió María Pávlovna, y sentándose en el catre se puso a mover todo el cuerpo a un lado y a otro, al estilo de los niños, para quedar sentada más profundamente. Se dispuso a escuchar, mirando hacia la lejanía, a un punto indefinido, con sus bonitos ojos saltones.

—Lo que tengo que decirle a usted es lo siguiente —repitió Simonson—: que, conociendo sus relaciones con Katerina Mijáilovna, me considero obligado a comunicarle mis sentimientos hacia ella.

—¿Qué dice? —preguntó Nejliúdov, admirando involuntariamente la sencillez y franqueza con que le hablaba Simonson.

—Quisiera casarme con Katerina Mijáilovna…

—¡Sorprendente! —exclamó María Pávlovna, fijando sus ojos en Simonson.

—… y he decidido pedirle que sea mi mujer —prosiguió Simonson.


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