Resurrección
Resurrección —¿Recibió usted mi nota? ¿Hará eso? —preguntó María Pávlovna.
—Sin falta —contestó Nejliúdov, y notando el descontento de Kryltsov se acercó de nuevo a su carruaje, tomó asiento y se sujetó al borde de la troika que le iba sacudiendo cada vez que tropezaba con los baches del camino helado. Comenzó a adelantar la columna que se extendía a lo largo de una versta, con sus guardapolvos grises, cadenas y esposas. Al otro lado del camino, Nejliúdov vio el pañuelo azul de Katiusha, el abrigo negro de Vera Efrémova y la pelliza, el gorro de punto y los calcetines blancos de lana, sujetos por medio de unas cuerdas a modo de sandalias, de Simonson. Iba al lado de las mujeres y decía algo con entusiasmo.
Al ver a Nejliúdov, las mujeres le hicieron una inclinación de cabeza, y Simonson se quitó la gorra con solemnidad. Nejliúdov no tenía nada que decir y, sin parar el coche, los adelantó. Al salir de nuevo a la carretera, el cochero fue mucho más deprisa, pero continuamente tenía que dar rodeos.