Resurrección
Resurrección Después de acuciar al caballo de la derecha y sentarse de lado de forma que las riendas quedasen a la derecha, el cochero, presumiendo, por lo visto, lo llevó por la calle principal sin reducir la marcha. Se acercó hasta el río, que era preciso atravesar en una balsa, ahora a mitad de camino de vuelta de la parte opuesta. En esta orilla esperaban alrededor de veinte carros. Nejliúdov no tuvo que esperar mucho tiempo. Empujada por el rápido curso del río, la balsa llegó pronto a las tablas que formaban el embarcadero.
Los balseros, hombres altos y robustos, vestidos con pellizas, con habilidad y costumbre, echaron las maromas que engancharon contra los postes, y abriendo la barrera dejaron salir los carros a la orilla e hicieron entrar a los que esperaban, cuyos caballos se resistían al ver el agua. Cuando se llenó la balsa, el vehículo desenganchado de Nejliúdov se vio aprisionado entre otros, los balseros volvieron a cerrar la barrera, sin hacer caso de las súplicas de los que no habían cabido. En la balsa se hizo el silencio, sólo se oían las pisadas de los balseros y el golpear de los cascos de los caballos que piafaban sobre las tablas.