Resurrección
Resurrección —Ya se sabe a quién. A Dios —contestó con ironía el cochero.
—Enséñame dónde está ese Dios.
Había algo tan serio y firme en la expresión del viejo, que el cochero se dio cuenta de que estaba ante un hombre fuerte. Se cohibió un poco, pero, no demostrándolo y procurando no callarse ni cubrirse de vergüenza ante el público que le escuchaba, respondió rápidamente:
—¿Dónde? Ya se sabe, en el cielo.
—¿Y tú has estado allí?
—Estar no he estado, pero sé que hay que rezar a Dios.
—Pero a Dios no lo ha visto nadie en ningún sitio. Lo ha dicho su único Hijo, que vive en el seno de su Padre —exclamó el viejo hablando rápidamente y frunciendo el ceño.
—Tú, por lo visto, no eres cristiano, sino idólatra. Rezas a un ídolo —dijo el cochero remetiendo el látigo en el cinturón y arreglando la retranca del caballo de tiro.
Alguien lanzó una carcajada.
—¿De qué religión eres, abuelo? —preguntó un hombre de cierta edad, que permanecía junto a su carro en el extremo de la balsa.