Resurrección
Resurrección El general pertenecía a ese tipo de militar culto que imaginaba que era posible conciliar el liberalismo y el humanismo con la profesión. Pero como hombre bueno e inteligente por naturaleza, muy pronto se dio cuenta de la imposibilidad de tal condición. Entonces, para no percatarse de la contradicción interior en que se encontraba constantemente, cada vez se entregaba más a la costumbre extendida entre los militares: beber. Se entregó de tal forma a esta costumbre, que después de treinta y cinco años de servicio en el ejército se había convertido en lo que los médicos llaman un alcohólico. Estaba totalmente empapado de vino. Le era suficiente tomar un sorbo de cualquier bebida para sentirse enseguida borracho. Beber vino para él era una necesidad sin la cual no podía vivir. Y cada día al atardecer estaba completamente borracho, aunque se había acostumbrado de tal forma a ese estado, que no se tambaleaba ni decía demasiadas tonterías. Y si las decía, ocupaba una posición tan importante, tan de supremacía, que cualquier cosa que dijese la tomaban por algo inteligente. Sólo por la mañana, precisamente en el momento en que Nejliúdov fue a visitarle, parecía un hombre sensato y podía entender lo que le decían. Más o menos cumplía sobre la marcha el refrán que le gustaba repetir: «Borracho, pero inteligente, dos virtudes». Las autoridades superiores sabían que era alcohólico, pero así y todo era más culto que los demás, aunque se había detenido su cultura en el sitio donde le había sorprendido la borrachera. Era valiente, hábil, con buena presencia, incluso cuando estaba borracho sabía mantenerse en su lugar. Por eso le habían nombrado y le conservaban en aquel destacado y responsable puesto que ocupaba.