Resurrección

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La dueña de la casa era una grande dame[110] de San Petersburgo, chapada a la antigua. Había sido dama de honor de la corte de Nicolás I, hablaba el francés a la perfección y bastante mal el ruso. Se mantenía muy erguida y movía los brazos sin despegar los codos de la cintura. Trataba a su marido con severidad y con cierto respeto, impregnado de tristeza. Sin embargo, mostraba mucho afecto a los invitados, si bien con diferentes matices, según la importancia de cada cual. Acogió a Nejliúdov como a un íntimo, le aduló de un modo fino e imperceptible; como consecuencia de esto, a Nejliúdov le hizo recordar de nuevo sus méritos, y sintió una agradable satisfacción. Le dio a entender que estaba enterada del motivo, un tanto original, aunque muy loable, que le había llevado a Siberia, y que le consideraba como un hombre extraordinario. Esa delicada lisonja y el ambiente lujoso y elegante de la vida en casa del general hicieron que Nejliúdov se dejara arrastrar por el placer de comer manjares exquisitos en compañía de personas educadas de su círculo. Era como si todas las circunstancias en que había vivido los últimos tiempos hubieran sido un sueño del que despertó en aquel momento.





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