Resurrección
Resurrección El depósito era una sala corriente y pequeña. En la pared ardía una lamparilla y alumbraba débilmente un rincón donde se amontonaban unos sacos de leña. A la derecha había unos catres con cuatro cadáveres. El primero, con una camisa de lienzo y calzoncillos, era un hombre de gran estatura, con una pequeña barba puntiaguda y media cabeza afeitada. El cuerpo ya estaba rígido, sus lívidas manos —que probablemente habían estado cruzadas sobre el pecho— estaban colgando, los pies descalzos se habían separado también y erguían sus plantas distanciadas. A su lado yacía una vieja con una gran falda, sin pañuelo en la cabeza y con una trenza rala. Tenía una cara pequeña, arrugada, amarilla y una naricilla aguda. A su lado había otro cadáver de hombre, cubierto con una tela de color morado. Este color le recordaba algo a Nejliúdov.
Se acercó más, y se puso a mirarle.
Tenía una barbita tiesa y puntiaguda, una nariz fuerte y regular, la frente despejada, blanca, y escasos cabellos rizados. Reconoció los rasgos conocidos y no quiso creer a su ojos. Ayer había visto ese rostro que expresaba animación, ira y sufrimiento. Ahora estaba tranquilo, inmóvil y terrible en su belleza.
Sí, era Kryltsov o, por lo menos, la huella que de él había dejado su existencia material.