Stalin
Stalin Lenin comprendÃa mejor que nadie la necesidad de una organización centralizada; pero veÃa en ella, sobre todo, una palanca para realzar la actividad de los trabajadores avanzados. La idea de hacer un fetiche de la máquina polÃtica no sólo le era ajena, sino que repugnaba a su naturaleza. En el Congreso se burló de la tendencia de casta de los «hombres de Comité», desde un principio, y le declaró apasionada guerra. «Vladimiro Ilich estaba muy excitado —confirma Krupskaia—, y otro tanto sucedÃa con los hombres de Comité.» En aquella ocasión, éstos consiguieron el triunfo, y a su frente Rikov, futuro sucesor de Lenin en el cargo de presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo. La resolución de Lenin proponiendo que cada Comité constase necesariamente de una mayorÃa de obreros, no pudo aprobarse. Y también contra la voluntad de Lenin, los hombres de Comité acordaron colocar el Consejo de redacción en el extranjero bajo el control del Comité Central. Un año antes, Lenin hubiera preferido una escisión a consentir en que la dirección del Partido dependiese del Centro ruso, expuesto a los registros policÃacos e inestable por eso en su composición. Pero entonces estaba persuadido de que la palabra decisiva serÃa la suya. Habiéndose fortalecido en la lucha contra los antiguos dirigentes autoritarios de la Socialdemocracia rusa, estaba mucho más seguro de sà mismo que en el segundo Congreso, y más sereno, en consecuencia. Si, como dice Krupskaia, se excitó durante los debates, o más bien parecÃa excitado, tanto más circunspecto se mantuvo en las medidas de organización que acometió. No sólo aceptó en silencio su derrota respecto a dos cuestiones sumamente importantes, sino que incluso ayudó a incluir a Rikov en, el Comité Central. No tenÃa la menor duda de que la Revolución, la gran maestra de las masas en cuestiones de Iniciativa y empresa, serÃa bastante para derrumbar, simultáneamente y sin gran dificultad, el juvenil y ya inestable conservadurismo de la máquina polÃtica del Partido.