Stalin
Stalin En este aspecto, las alegaciones de Iremashvili son muy convincentes. Como los demás autores de memorias, pero anticipándoseles en cinco años, se expresa con cálida simpatía al describir a Ekaterina, quien demostró gran cariño hacia su hijo y sentimientos amistosos hacia sus compañeros de juegos y de escuela. Georgiana auténtica, Keke, como generalmente la llamaban, era profundamente religiosa. Su vida de ajetreo fue un servicio ininterrumpido: a Dios, al esposo y al hijo. Se le cansó la vista a fuerza de coser en una vivienda mal iluminada, y comenzó a llevar gafas muy pronto. Pero en aquella época, toda matrona de Georgia, pasados los treinta años, era considerada casi como una vieja. Sus vecinos la trataban con gran afecto, movidos por la vida de continuos afanes que le veían llevar. Según Iremashvili, el cabeza de familia, Bezo (Vissarion) era persona de áspero genio, a la vez que dipsomaníaco empedernido. Se bebía la mayor parte de sus escasas ganancias. Por eso caía sobre la madre, como una doble carga, la responsabilidad de pagar el alquiler de la mísera vivienda y de sostener la familia. Con desesperada congoja, Keke advirtió a Bezo, en ocasión de estar maltratando a su hijo: «Le sacas del corazón el amor de Dios y del prójimo, y se lo llenas de odio a su propio padre.» «Palizas horribles, inmerecidas, hicieron al muchacho tan hosco y cruel como era su padre.» Amargado, José comenzó a cavilar acerca de los misterios eternos de la vida. No le apenó la prematura muerte de su padre; únicamente se sintió más libre. Iremashvili infiere que siendo aún muy joven, el chico empezó a extender su latente hostilidad y sed de venganza contra su padre a todos aquellos que tenían o podían tener un vestigio de autoridad sobre él. «Desde su juventud, la maquinación de vengativas tramas se convirtió para él en un objetivo que dominaba todos sus esfuerzos.» Aun admitiendo que estas palabras se fundan en juicios retrospectivos, conservan todavía la plena fuerza de su significación.