Stalin

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Por obra de una de esas chanzas sádicas que la historia nunca se cansa de prodigar, a nadie sino a Pereverzev, en su calidad de ministro de Justicia en el Gobierno de Kerensky, cupo en suerte la misión de acusar a los dirigentes bolcheviques de traición al Estado y espionaje, ayudándose para ello de cínicas falsificaciones, a las que ni el acusador zarista hubiera sido capaz de recurrir. Sólo el acusador de Stalin, Vichinsky, sobrepasó en tal sentido al ministro de Justicia demócrata.

A pesar de la equivocada táctica de los defensores, el solo hecho del juicio de los diputados obreros asestó un golpe tremendo al mito de la «paz civil» y puso en pie a la capa de trabajadores que había pasado por la escuela de la revolución. «Unos 40.000 trabajadores compran Pravda —escribía Lenin en marzo de 1915—, y muchos más lo leen... Es imposible destruir esa capa. Vive... y se alza sola entre las masas populares, en su mismo corazón, como propagadora del internacionalismo de los que trabajan, de los explotados, de los oprimidos.» El despertar de las masas comenzó pronto, pero su influencia se abrió paso lentamente hacia afuera. Sujetos al servicio militar, los trabajadores estaban ligados de manos y pies. Toda violación de la disciplina suponía para ellos la inmediata evacuación al frente, acompañados de una nota de la policía, que era tanto como una sentencia de muerte. Eso sucedía sobre todo en San Petersburgo, donde la vigilancia era doblemente rigurosa.


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