Stalin

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Todos cuantos acaudillaron el Ejército Rojo durante el período estalinista (Tujachevsky, Yegorov, Blücher, Budienny, Yakir, Uborevich, Gamarnik, Dybenko, Fed'ko [Kork, Putna, Feldman, Alksnis, Eideman, Primakov y muchos otros]), fueron promovidos cada cual a su tiempo a puestos militares de responsabilidad cuando estuve regentando el Departamento de Guerra, en la mayoría de los casos ascendidos por mí personalmente durante mis visitas a los frentes y mi directa observación de su labor castrense. Por muy defectuosa que fuere mi dirección, por consiguiente, al parecer era bastante buena para haber elegido los jefes militares mejores de que se disponía, puesto que durante diez años Stalin no pudo hallar quien les remplazase. Es verdad que casi todos los jefes del Ejército Rojo de la guerra civil, todos los que más tarde organizaron nuestro Ejército, resultaron casualmente «traidores» y «espías». Pero eso no altera la cuestión. Ellos fueron quienes defendieron la Revolución y el país. Si en 1933 se descubrió que fue Stalin y nadie más quien había organizado el Ejército Rojo, entonces sería natural que la responsabilidad de elegir semejante cuadro de mandos recayese sobre él. De esta contradicción, los historiadores oficiales se desembarazan Do sin cierta dificultad, pero con aplomo. La responsabilidad de la designación de traidores para ocupar puestos de mando recae enteramente sobre mí, mientras que el honor de las victorias conseguidas por esos mismos traidores precisamente pertenece a Stalin. Hoy no hay chico de la escuela que no conozca, por una Historia, editada por el mismo Stalin, tan singular división de funciones históricas.


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