Stalin
Stalin Las comparaciones oficiales acostumbradas entre Stalin y Lenin son sencillamente indecorosas. Si la base de comparación es la expansión de la personalidad, es imposible parangonar a Stalin ni siquiera con Mussolini o Hitler. Por pobres que sean las «ideas» del fascismo, los dos victoriosos caudillos de la reacción, el italiano y el alemán, desde el comienzo mismo de sus respectivos movimientos desplegaron iniciativa, impulsaron a las masas a la acción, abrieron nuevas rutas a través de la jungla política. Nada de esto puede decirse de Stalin. El partido bolchevique fue obra de Lenin. Stalin brotó de su máquina política, de su aparato político, y continúa inseparablemente unido al mismo. Nunca ha tenido contacto con las masas o con los acontecimientos históricos sino a través del aparato. En el primer período de su acceso al poder él mismo se vio sorprendido por su propio éxito. Subió las escaleras sin seguridad, mirando a derecha e izquierda y por encima del hombro, siempre dispuesto a escabullirse o a buscar refugio. Empleado como contrapeso frente a mí, le respaldaron y animaron Zinoviev y Kamenev, y con menos calor Rikov, Bujarin y Tomsky. Ninguno de ellos pensaba entonces que Stalin llegase a destacar por encima de sus cabezas. En el primer triunvirato, Zinoviev trataba a Stalin con cierto aire circunspecto de protector; Kamenev, con un dejo de ironía. Pero ya hablaremos luego de esto con más detalle.