Stalin

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A mediados de diciembre de 1922, la salud de Lenin volvió a empeorar. Tuvo que mantenerse alejado de conferencias, limitando su contacto con el Comité Central a notas y telegramas. Stalin intentó al punto aprovecharse de esta situación, ocultando a Lenin buena parte de la información que se iba concentrando en la Secretaría del Partido. Se instituyeron medidas de aislamiento contra personas de la intimidad de Lenin. Krupskaia hizo cuanto pudo por sustraer al enfermo de las jugarretas hostiles de la Secretaría. Pero Lenin sabía hacer un cuadro completo de la situación a base de simples indicaciones dispersas y casi imperceptibles. «¡Preservadle de inquietudes!», insistían los médicos. Pero era más fácil decirlo que hacerlo. Encadenado a su lecho, aislado del mundo exterior, Lenin estaba encendido de alarma e indignación, Su principal motivo de preocupación era Stalin. La conducta del secretario general se hizo más osada a medida que los pronósticos de los doctores sobre la enfermedad de Lenin iban siendo menos favorables. En aquellos días, Stalin estaba malhumorado, con la pipa firmemente sujeta entre los dientes, y una chispa siniestra en sus amarillentos ojos, limitando sus respuestas a un confuso gruñido. Veía su destino en la balanza, y se había propuesto salvar todos los obstáculos. Entonces fue cuando se produjo el rompimiento final entre él y Lenin.



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