Stalin

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Un lugar especial en el banquillo de los acusados ocupaba Henry Yagoda, que había trabajado en la Checa y en la GPU durante dieciséis años, primero como ayudante principal y luego como jefe, siempre en íntimo contacto con el secretario general en calidad de auxiliar suyo de máxima confianza en la lucha de éste contra la oposición. El sistema de confesiones de crímenes jamás cometidos es obra de Yagoda, si no creación suya. En 1933, Stalin recompensó a Yagoda con la Orden de Lenin; en 1935, le elevó al rango de comisario general de Defensa del Estado, esto es, jefe de la Policía Política, dos días tan sólo después de haber sido elevado el inteligente Tujachevsky a la dignidad de mariscal del Ejército Rojo. En la persona de Yagoda se elevó a una nulidad que todos conocían y despreciaban. Los viejos revolucionarios deben de haber cambiado miradas de indignación. Incluso en el condescendiente Politburó se hizo intención de oponerse a ello. Pero algún secreto ligaba a Stalin con Yagoda, al parecer, con carácter de permanencia. El misterioso vínculo fue revelado también misteriosamente. Durante la gran «purga», Stalin decidió liquidar asimismo a su cómplice, que sabía demasiado. En abril de 1938, Yagoda fue arrestado. Como siempre, así Stalin aseguraba varias ventajas suplementarias: por la promesa de un perdón, Yagoda se declaraba en la vista culpable personal de crímenes que la murmuración había atribuido a Stalin. Naturalmente, la promesa no se cumplió. Yagoda fue ejecutado, para probar así mejor que Stalin es irreconciliable en materia de ley y de moral.


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