El caballero de la carreta
El caballero de la carreta A su marcha tan gran duelo hicieron todos aquellos y aquellas que la presenciaron, como si se partiera muerta sobre el ataúd. Pensaban que no regresarÃa jamás en vida. El senescal, en su desmesura, se la lleva adonde el otro los aguarda. Pero nadie se angustió tanto que intentara su persecución.
Hasta que, al fin, mi señor Galván dice al rey su tÃo, en confidencia:
«Señor —dice—, muy gran niñerÃa habéis hecho, y mucho me maravillo de eso. Mas, si aceptáis mi consejo, mientras aún están cerca, podrÃamos salir tras ellos vos y yo, y aquellos que quieran acompañaros. Yo no podrÃa contenerme por más tiempo sin salir en pos de ellos. No serÃa digno que no les siguiéramos, al menos hasta saber lo que le acontecerá a la reina y cómo Keu se comportará.
»—Vayamos pues, buen sobrino —dijo el rey—. Muy bien habéis hablado como noble cortés. Y ya que habéis tomado el asunto a vuestro cargo, mandad que saquen los caballos, y que les pongan sus frenos y monturas, para que no quede sino cabalgar».