El caballero de la carreta
El caballero de la carreta Cabalgando por la vera de un río llegaron a la mansión. El puente levadizo estaba bajo para permitirles el paso. Una vez cruzada la entrada sobre el puente han encontrado abierta la gran sala, con su artesonado de tejas. Por el portal que encontraron abierto penetran y ven una gran mesa, amplia y larga, cubierta con su mantel. Encima estaban servidos los platos, encendidas todas las velas en los candelabros, y las grandes copas de plata dorada y dos jarras, una llena de vino de moras y la otra de un fuerte vino blanco. A un lado de la mesa, sobre uno de los bancos, encontraron dos palanganas llenas de agua caliente para lavarse las manos; y al costado han hallado una toalla de hermosos bordados, hermosa y blanca, para secarse las manos.
[1000]Allá no encontraron ni atisbaron criado, lacayo ni escudero. El caballero se quita el escudo del cuello y lo cuelga de un gancho, y toma su lanza y la deposita sobre el rastrillo de un pesebre. Luego salta de su caballo al suelo, y la doncella desciende del suyo. Al caballero le pareció muy bien que ella no esperara a que él la ayudase a desmontar. Apenas hubo descendido sin demora ni vacilación corre a una cámara de donde saca para él un manto escarlata y se lo pone sobre los hombros.