El caballero de la carreta
El caballero de la carreta La sala no estaba en sombras, por más que en el cielo lucían ya las estrellas. Por el contrario había allí dentro tantas velas y antorchas grandes y ardientes que la claridad la inundaba. Después de ponerle el manto al cuello, le dijo la doncella:
«Amigo, ved el agua y la toalla. Nadie os la ofrece ni brinda puesto que a nadie veréis sino a mí. Lavad vuestras manos y sentaos, comed cuando os apetezca y venga en gana. La hora y la comida bien lo piden, como podéis ver. Así que lavaos y venid a sentaros.
»—¡Con mucho gusto!».
Y él se sienta y ella, muy contenta, a su lado. Juntos comieron y bebieron hasta el fin de la cena. Cuando se hubieron levantado de la mesa, le dijo la doncella al caballero:
«¡Señor!, salid fuera a distraeros, si no os causa molestia, y aguardad allí, si os place, hasta que calculéis que ya estoy acostada. No os enoje ni fastidie la demora, porque bien podéis venir a tiempo, si vais a cumplir vuestra promesa».
Repuso él:
«Yo os mantendré la promesa. De modo que volveré cuando piense que es ya hora».
Entonces se sale fuera y allí se demora un gran rato, pues debe mantener su promesa.