El caballero de la carreta
El caballero de la carreta [1050]Vuelve de nuevo a la sala, pero no encuentra allí a la que se hizo su amiga, que allí desde luego no estaba.
Cuando ni la encuentra ni la ve, se dice:
«En cualquier lugar que esté, iré en su busca hasta hallarla». Y no se retrasa en la busca, por la promesa que le tenía.
Al entrar en una cámara oye gritos de una joven. Y era la misma con la que había de acostarse.
De pronto advierte la puerta abierta de otra habitación. Hacia allá va, y ante sus ojos presencia cómo un caballero la había derribado y la tenía echada de través sobre la cama, después de desnudarla. Ella que estaba bien segura de que acudiría en su ayuda, gritaba bien alto:
«¡Ay! ¡Ay! ¡Caballero, tú que eres mi huésped! Si no me quitas a éste de encima, va a ultrajarme en tu presencia. Tú eres quien debe compartir mi lecho, como has pactado conmigo. ¿Me someterá éste ahora a su deseo, bajo tu mirada, a la fuerza? ¡Gentil caballero, esfuérzate pues en venir en mi socorro a toda prisa!».
Él ve que muy vilmente tenía el otro a la doncella desnuda hasta el ombligo. La escena le produce gran vergüenza y pesar, por el hecho de que el atacante acerque su desnudez a la de ella. Por otra parte el espectáculo no le enardecía su deseo ni tampoco los celos.