El caballero de la carreta
El caballero de la carreta Además a la entrada había como porteros, bien armados, dos caballeros con espadas desnudas en la mano. Más allá cuatro lacayos estaban en pie. Cada uno blandía un hacha, capaz de partir en dos una vaca por mitad del espinazo, tan fácilmente como segar la raíz de un enebro o una retama.
El caballero en la puerta se detiene y cavila:
«¿Dios, qué podré yo hacer? Me mueve en mi aventura nada menos que el rescate de la reina Ginebra.[1100] De ningún modo puedo tener corazón de liebre, cuando por tal motivo estoy en esta búsqueda.
»Si Cobardía me presta su corazón, y si obro a su mandato, no conseguiré lo que persigo. ¡Deshonrado quedo si aquí me tardo! Incluso me resulta ahora un gran esfuerzo haber mencionado la tardanza. Por ello tengo ya el corazón triste y ensombrecido. Ahora siento vergüenza, ahora desespero, tanto que morir quisiera por haberme tanto detenido aquí. ¡Qué Dios no tenga piedad de mí, si lo digo por vanidad, y si no quiero mejor morir con honor que vivir con infamia! Si tuviera el paso franco, ¿qué honor habría merecido, si éstos me dieran su permiso para pasar más allá sin disputa? Entonces podría pasar, sin mentir, hasta el más cobarde de los vivientes. Bastante he oído a esta desgraciada suplicarme socorro repetidamente, y me recuerda mi promesa y me la echa en cara».