El caballero de la carreta
El caballero de la carreta «Señor, habéis defendido bien mi honor, contra toda mi mesnada. Ahora venid, yo os guÃo».
A la sala regresan cogidos de la mano. Él no iba precisamente encantado; sino que muy a gusto se hubiera hallado bien lejos de allÃ. Una cama estaba ahora hecha en medio de la sala. Sus sábanas relucÃan de limpias, blancas, amplias, desplegadas. Tampoco la colcha era, ¡ni mucho menos!, de paja deshilachada ni de áspero esparto.[1200] Y sobre la colcha estaba extendido un sedoso cobertor de varios colores. Allà se acostó la doncella, aunque sin quitarse la camisa.
Al caballero le da grandes fatigas y reparos desnudarse. No puede evitar sudar de disgusto. De todos modos, a pesar de sus angustias, su promesa le obliga y va a cumplirla. ¿Es pues un hecho de fuerza? Como si lo fuera. Por fuerza tiene que ir a acostarse con la doncella. Su promesa lo emplaza y reclama. Se acuesta pues sin apresurarse. Pero no se quita tampoco la camisa, como no lo hizo la doncella. Cuida mucho de no tocarla; sino que se va a un extremo y allà se queda de espaldas. Sin decir una palabra, como a un fraile converso a quien le está prohibido hablar cuando está echado en su lecho. Ni una vez vuelve su mirada ni hacia ella ni a otro lado. No le puede hacer buena cara. ¿Por qué? Porque no siente el corazón su atractivo, que en otro lugar su atención está fijada. Asà que no le atrae ni le seduce lo que tan hermoso y amable serÃa a cualquier otro.