El caballero de la carreta

El caballero de la carreta

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«En verdad que estoy muy furioso de que no nos hayamos encontrado en un terreno amplio y ante gente. Me hubiera gustado que contemplaran cuál de los dos se portaba mejor. Mas venid pues, que los iremos a buscar. Encontraremos aquí cerca un terreno llano, espacioso y libre».

Entonces se van hasta una pradera. En ella había doncellas, caballeros y damas que juzgaban a varios juegos. Pues era hermoso el lugar. No todos jugaban a charadas; sino también a tablas de damas y ajedrez, y otros a diversos juegos de dados. Varios jugaban a estos juegos, mientras otros de los que allí estaban, recordaban su niñez con rondas, carolas y danzas. Cantan, brincan y saltan; incluso practican deportes de lucha.

Un caballero ya de edad estaba erguido al fondo del prado sobre un caballo bayo de España. [1650]Tenía riendas y montura de oro; y el cabello entremezclado de canas. Apoyaba una mano en un costado para mantener su postura. Por el hermoso tiempo iba en camisa, sin arnés, y observaba los juegos y bailes. Un manto le cubría desde los hombros, por entero de escarlata y piel. Al otro lado, junto a un sendero, un grupo de veintitantos jinetes armados velaban sobre sus buenos caballos de Irlanda.

Tan pronto como ellos tres aparecieron, todos dejaron sus distracciones y gritaban a través del prado:


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