Del album de un cazador
Del album de un cazador Todos los muchachos rompieron a carcajadas, y después volvieron a guardar silencio un instante, como le ocurre a la gente que charla al aire libre.
Miré a mi alrededor: la noche hacÃa guardia en majestuosa solemnidad; la humedad de la última hora de la tarde habÃa sido reemplazada por una agradable temperatura a la medianoche, y todavÃa quedaba mucho tiempo para echarse sobre los campos dormidos como si fueran una colcha suave; todavÃa quedaba mucho tiempo para esperar el primer murmullo, los primeros y dulces sonidos de la mañana, las primeras gotas de rocÃo del amanecer. No habÃa luna en el cielo; en aquella estación salÃa más tarde. MirÃadas de estrellas doradas, o eso parecÃa, flotaban silenciosas juntas rivalizando en su fulgor con la VÃa Láctea, y en verdad, al mirarlas, se sentÃa vagamente la palpitación incesante de la tierra debajo…
Un grito extraño, agudo y enfermizo resonó dos veces en rápida sucesión al otro lado del rÃo, y, tras unos minutos, se repitió más allá…
Kostia se echó a temblar.
—¿Qué ha sido eso?
—Era una garza —respondió con calma Pavlusha.
—Una garza —repitió Kostia—. ¿Entonces era eso, Pavlusha, lo que oà anoche? —añadió tras una breve pausa—. Tal vez tú lo sepas.
—¿Qué oÃste?