Del album de un cazador
Del album de un cazador —El demonio del bosque no grita, es mudo —apuntó Iliusha—. Se limita a batir las palmas y a charlar…
—¿Asà que has visto al demonio del bosque? —interrumpió Fedia con ironÃa.
—No, no lo he visto, y el Señor quiera que no lo vea. Pero otra gente sà que lo ha visto. Hace apenas un par de dÃas uno alcanzó a uno de nuestros campesinos y lo condujo por todas partes, cruzando el bosque y hasta algún que otro claro… Solo consiguió regresar a casa antes del amanecer.
—¿Y bien? ¿Lo vio?
—Lo vio. Era grandÃsimo, dijo, y moreno, cubierto completamente, como si estuviera detrás de un árbol que no pudieras ver con claridad, o como si estuviera colgando de la luna y mirando hacia abajo todo el tiempo, espiando con sus ojos maliciosos, y guiñándolos, guiñándolos todo el rato…
—¡Ya es suficiente! —exclamó Fedia, estremeciéndose un poco y encogiéndose de hombros de forma compulsiva—. ¡Uf!
—¿Por qué tiene que haber esta cosa maldita en el mundo? —comentó Pavlusha—. ¡No entiendo nada de nada!
—¡No te quejes! Te escuchará, ya lo verás —dijo Iliusha.
De nuevo todos guardaron silencio.