Del album de un cazador
Del album de un cazador —¡Mirad allà arriba, vamos, mirad todos! —gritó de pronto la voz infantil de Vania—. ¡Mirad las estrellitas de Dios, todas en enjambre como las abejas!
HabÃa sacado su carita pequeña y de complexión saludable de debajo de la manta, estaba apoyado sobre un pequeño puñito, y miraba hacia arriba con sus ojos tranquilos y grandes. Todos los muchachos elevaron sus ojos hacia el cielo, y tardaron en bajarlos un buen rato.
—Dime, Vania —comenzó Fedia en tono educado—, ¿está bien tu hermana Aniutka?
—Está bien —respondió Vania, con un débil ceceo.
—Le dices que tiene que venir a vernos, ¿por qué no viene?
—No lo sé.
—Dile que deberÃa venir.
—Se lo diré.
—Dile que le daré un regalo.
—¿Y me darás uno a mà también?
—Te daré uno a ti también.
Vania suspiró.
—No, no hace falta que me des nada. Mejor se lo das a ella, que es tan buena con todos nosotros.
Y Vania volvió a echar la cabeza al suelo. Pável se levantó y cogió el pequeño cazo, ahora vacÃo.
—¿Adónde vas? —preguntó Fedia.