Del album de un cazador

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—El que se ahogó —respondió Kostia— en este mismo río. ¡Era un gran muchacho, realmente estupendo! Esa madre que tenía, Feklista, ¡cómo lo amaba, cómo amaba a su Vasia! Y ella más o menos intuía que la ruina llegaría por el agua. Ese Vasia solía venir con nosotros los veranos cuando nos íbamos a bañar al río, y ella estaba preocupada. A las otras mujeres no les importaba, pasaban al lado con sus pilas de lavar, pero Feklista dejaba la tina en el suelo y empezaba a llamarlo: «¡Vuelve, luz de mi vida! ¡Vuelve, mi pequeño halcón!». Y cómo pudo ahogarse, solo Dios lo sabe. Estaba jugando en la orilla, y su madre estaba allí, recogiendo paja, y de pronto oye un ruido como de alguien que burbujea en el agua, mira, y no hay nada allí, excepto la pequeña gorrita de Vasia que flota en el río. Desde entonces, como sabéis, Feklista ha perdido la razón: se va y se tiende en el lugar en el que se ahogó, y allí se queda echada, chicos, y se pone a cantarle canciones, esa canción que Vasia cantaba todo el tiempo, ¿os acordáis?; esa es la que canta, como para ella misma, sin parar de llorar, quejándose a Dios con amargura.

—Aquí viene Pavlusha —dijo Fedia.

Pavlusha se acercó al fuego con el cazo lleno en su mano.

—Bueno, chicos —comenzó tras una pausa—, las cosas no van bien.


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