Del album de un cazador
Del album de un cazador El amor al arte y los artistas da a dichas personas una afectación inexplicable. Conocerlos y charlar con ellos es una tortura, puesto que en realidad no son más que alcornoques untados con miel. Por ejemplo, nunca se refieren a Rafael como Rafael, o a Correggio como Correggio, son siempre, como suele decirse: «¡Oh, el divino Sanzio, oh, el inimitable Allegri!», y siempre subrayan el «oh». A cualquier talento local, ambicioso, sobrevalorado y mediocre lo tachan de genio, nunca dejan de parlotear sobre el cielo azul de Italia, los limones del sur, los aires saludables de las orillas del Brenta. «Oh, Vania, Vania», o bien, «Oh, Sasha, Sasha», se dicen los unos a los otros con sentimiento, «debemos marcharnos al sur, al sur… ¡Tú y yo somos griegos de espíritu, griegos clásicos!». Se los puede ver en las exposiciones ante las obras de los pintores rusos. (Debe notarse que, en su mayor parte, estos caballeros son patriotas redomados). Retroceden un par de pasos, echan hacia atrás sus cabezas, y de nuevo avanzan hacia el cuadro, con sus ojillos nublados de ternura. «¡Dios mío, ahí lo tienes!», suelen decirse por fin en voces roncas de emoción. «¡Qué alma, qué alma! ¡Qué corazón, qué corazón! ¡Oh, qué alma tan inmensa ha demostrado, qué alma! ¡Oh, y cómo está ejecutado! ¡Una obra maestra!». ¡Y aun así, qué dibujos tienen colgados en sus salitas! ¡Los artistas que reciben por las tardes, beben té con ellos y escuchan su cháchara! ¡Y las vistas que le traen de sus propias habitaciones, con una escoba a la derecha, un montón de basura sobre el suelo encerado, un samovar amarillo sobre una mesa cercana a la ventana, y el propio señor de la casa envuelto en un batín y con el gorro de dormir y un brillo dorado pintado en la mejilla! ¡Qué devotos pupilos de las Musas los visitan con sus sonrisas febriles y condescendientes! ¡Qué jóvenes damas de palidez verdosa aúllan interminables canciones en sus pianos! Porque ahora nos ocurre en Rusia que nadie se dedica a un solo arte: es todo o nada. Y por lo tanto no es sorprendente que estos caballeros aficionados demuestren también sus fuertes sentimientos de protección por la literatura rusa, especialmente por las obras teatrales… Los «Giacobo Sannazaros» de este mundo se han escrito para ellos: la pugna de estos talentos no reconocidos contra la gente, contra el mundo entero, algo que se ha contado ya miles de veces, estremece sus almas hasta lo más profundo…