Del album de un cazador
Del album de un cazador El dÃa después de la llegada del señor Benevolenski, Tatiana BorÃsovna a la hora del té pidió a su sobrino que trajera sus dibujos.
—¿Asà que dibuja? —murmuró el señor Benevolenski, no sin cierta sorpresa, y se volvió hacia Andriusha con interés.
—Por supuesto que sà —dijo Tatiana BorÃsovna—. ¡Le encanta dibujar! Lo hace todo él solo, sin profesor.
—Muéstrame tus dibujos —canturreó el señor Benevolenski.
Andriusha, azorado y sonriente, trajo al huésped su cuaderno de dibujos.
El señor Benevolenski comenzó a admirarlo con aire de entendido.
—Muy bien, jovencito —dijo al final—. Bien, muy bien —y acarició a Andriusha la cabeza. Andriusha le besó la mano—. ¡Vaya, qué talento! Le doy la enhorabuena, Tatiana BorÃsovna, le doy la enhorabuena.
—Pero ya ve, Piotr Mijáilich, me es imposible encontrarle al muchacho un profesor por estos lugares. Y sale muy caro traer uno de la ciudad. Nuestros vecinos, los Artamónov, tienen un pintor y dicen que es muy bueno, pero la joven señora de allà le prohÃbe dar clases a nadie más. Dice que podrÃa estropeársele el gusto.