Del album de un cazador

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La canción crecía, y lo iba inundando todo. Yákov estaba obviamente poseído por una inspiración. Toda su timidez había desaparecido, se iba entregando por entero a su exaltación; su voz ya no vibraba, sino que sollozaba con el temblor de alguna pasión innata y sutil que se clava como una flecha en el alma misma del que escucha, y no deja de crecer, en fuerza, en firmeza, en volumen. Recordé una noche, con la marea baja, sobre la orilla de suave arena de un mar rugiente y tonante en la distancia, con cada nueva y poderosa ola, cuando vi una enorme gaviota blanca. Estaba quieta, su penacho suave giraba hacia el rojizo fulgor del crepúsculo y solo de vez en cuando desplegaba las alas con parsimonia, como dando la bienvenida al mar familiar y al sol bajo y tintado de sangre; esto fue lo que me recordó escuchar a Yákov. Cantó sin ser consciente de su rival ni de nosotros, y aun así estaba evidentemente inspirado. Como un nadador experimentado que recibe el apoyo de las olas, así lo apoyaba nuestra silenciosa y devota participación. Cantó, y cada sonido que emitió insuflaba algo familiar, algo que poseíamos desde nuestro nacimiento, tan vasto que ningún ojo podía abarcarlo, como si la propia estepa estuviera siendo expuesta ante nosotros, extendiéndose en la lejanía hasta el infinito. Sentí como si ardiera por dentro, y me asomaron las lágrimas. De pronto me sobresaltó el sonido de un llanto apocado… miré a mi alrededor; la mujer del tabernero estaba llorando, con su pecho pegado a la ventana. Yákov echó una rápida mirada hacia donde estaba ella y dio a la canción aún más intensidad, aún más dulzura que antes; Nikolái Ivánich miró fijamente al suelo y el Guiñador se volvió; el Atontao, empapado de emoción, se quedó plantado en su sitio, con la boca estúpidamente abierta; el campesino gris lloraba en silencio en su rincón y movía la cabeza al ritmo de un susurro lacrimoso; y sobre la expresión hierática del Caballero Salvaje, desde debajo de sus cejas que se habían unido en un nudo profundo, una única y pesada lágrima comenzó a resbalar lentamente; el Contratista había elevado un puño cerrado hasta la cabeza, completamente inmóvil… No sé cómo se habría disuelto el ánimo general si Yákov no hubiera terminado de repente con una nota aguda y tenue, como si su voz se hubiera roto.


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