Del album de un cazador
Del album de un cazador Cuando me desperté, todo estaba oscuro; la hierba a mi alrededor despedía un fuerte aroma y estaba algo húmeda; a través de los finos tablones del tejado medio cubierto las pálidas estrellas brillaban débilmente. Salí. El brillo de la puesta de sol había muerto hacía rato, y sus últimos fulgores apenas se intuían en la línea del horizonte; pero aún se sentía el aire que hasta hacía poco había sido irrespirable, incluso a través de la frescura de la noche, y los pulmones ansiaban una brisa fresca. No había viento ni nubes; me rodeaba un cielo translúcido y oscuro, en el que titilaban estrellas silenciosas e incontables, apenas visibles. Las luces parpadeaban en la aldea; desde la taberna, muy iluminada, llegaba un murmullo vago sobre el que se destacaba la voz de Yákov. De cuando en cuando el murmullo rompía en carcajadas explosivas. Me acerqué a la ventanita y apoyé el rostro contra el cristal.