Del album de un cazador

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Vi una escena infeliz, a pesar de la animación. Todos estaban borrachos, empezando por Yákov. Con el pecho descubierto y sentado en un banco, cantaba con voz profunda algunas rondas populares y pulsaba con descuido las cuerdas de una guitarra. Mechones de su cabello mojado le caían sobre el rostro, terriblemente pálido. En medio de la taberna el Atontao, sin abrigo y totalmente ido, bailaba a pasos y saltos frente al campesino de casaca descolorida; el hombrecillo marcaba el ritmo dificultosamente con los pies agotados y, sonriendo sin sentido con la barba desaliñada, de tanto en tanto agitaba la mano siguiendo la música, como queriendo decir: «¡Sí, qué diablos!». Nada más cómico que su rostro; por mucho que alzara las cejas, sus pesados párpados se negaban a alzarse y seguían echados sobre sus ojillos apenas visibles y adormilados. Se encontraba en esa condición agradable de borrachera al que, cualquier pasante, tras mirarle la cara, le dice: «¡Se te ve bien, amigo, se te ve bien!». El Guiñador, enrojecido como una langosta y con las narices abiertas, se reía maliciosamente en un rincón; solo Nikolái Ivánich mantenía su invariable compostura, como corresponde al tabernero. Muchos nuevos rostros se habían sumado a la celebración, pero no vi al Caballero Salvaje.




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