Del album de un cazador
Del album de un cazador —Ahora voy camino a Moscú —me dijo, terminando su cuarto vaso—. No me queda nada en el campo.
—¿Por qué dice eso?
—Simplemente es asÃ, no me queda nada. La hacienda está hecha un desastre, y he arruinado a los campesinos. Vinieron malos años, las cosechas fracasaron y, como pueda imaginar, ocurrieron varias desgracias. Además —añadió, mirando hacia el infinito con tristeza—, soy un terrible administrador.
—¿Por qué lo dice?
—Mire —me interrumpió—, ¡vaya terrateniente que soy! Quiero decir —continuó, girando la cabeza a un lado y chupando su pipa—, usted puede creer, al primer buen vistazo, que yo, en fin… Y aun asà he de confesarle que he recibido una educación muy ordinaria, en casa no habÃa mucho dinero. Debe disculparme, suelo ser bastante honesto, después de todo…
No terminó lo que estaba diciendo e hizo un gesto con la mano. Le aseguré que estaba equivocado, que me alegraba de haberlo conocido, etc., y luego señalé que no se necesitaba una amplia formación para administrar una finca, o asà me parecÃa.
—Es cierto —respondió—, estoy de acuerdo. Pero al menos una cosa es necesaria, la dedicación. Algunos torturan a los campesinos como si a nadie le importara y se salen con la suya, pero yo… PermÃtame que le pregunte, ¿es usted de Pe-ter o de Moscú?