Del album de un cazador
Del album de un cazador Entrecerró los ojos, rebuscó en sus bolsillos y luego me mostró en la palma de su mano dos monedas de quince kópeks y una de diez.
—¿Qué es eso? ¡No es más que polvo! —tiró el dinero al suelo—. DÃgame, ¿ha leÃdo a Polezháiev?
—SÃ.
—¿Ha visto a Mochalov en Hamlet?
—No, no lo he visto.
—Nunca lo ha visto… —Y Karatáiev empalideció, y sus ojos se movieron con nerviosismo. Volviéndose, sus labios temblaron débilmente—. ¡Oh, Mochalov, Mochalov! «Morir, dormir», dice con su voz ronca:
Nada más. Y si durmiendo terminaran
las angustias y los mil ataques naturales
herencia de la carne, serÃa una conclusión
seriamente deseable. Morir, dormir[33].
¡«Dormir, dormir»!, murmuró varias veces.
—DÃgame, por favor —comencé a decir, pero él continuó animadamente:
Pues, ¿quién soportarÃa los azotes e injurias de este mundo,
el desmán del tirano, la afrenta del soberbio,
las penas del amor menospreciado,
la tardanza de la ley, la arrogancia del cargo,
los insultos que sufre la paciencia,
pudiendo cerrar cuentas uno mismo