Del album de un cazador
Del album de un cazador —No eres tonta, Akulina —comenzó a decir al cabo—, asà que no digas tonterÃas. Quiero lo mejor para ti, ¿lo entiendes? Por supuesto que no eres estúpida, no eres una chica campesina del todo, por asà decirlo; y tu madre tampoco fue siempre una muchacha campesina. Pero no tienes formación, asà que tienes que escuchar cuando la gente te dice lo que debes hacer.
—Tengo miedo, VÃktor Aleksándrich.
—Eh, vamos, eso son tonterÃas, querida. ¿De qué tienes miedo? ¿Qué tienes ahÃ? —añadió, volviéndose hacia ella—. ¿Flores?
—Flores —respondió Akulina sombrÃamente—. Son unas atanasias que he recogido en el campo —continuó, animándose un poco—, y son buenas para los terneros. Y estas son caléndulas, ayudan contra la escrófula. ¡Mira qué florecilla tan diminuta es! Nunca he visto una florecita tan hermosa en toda mi vida. Luego están los nomeolvides, y algunas violetas. Pero estas son para ti —añadió, sacando de detrás de las atanasias amarillas un ramo pequeño de acianos atados con un trozo de hierba—, ¿las quieres?